11/10/2020

Vendrás conmigo

Por: Hugo Vicente (Vecino de Colonia Caroya).

Levanto mis ojos y miro las estrellas, toda la inmensidad del universo se funde en mi ser.
En la oscuridad de mis ojos y en la tristeza de mi alma, creo distinguir tu silueta…
Trato de acercarme y observarte mejor… Estás tendido en el suelo, con tus brazos cruzados, cual almohada donde descansa tu cabeza; tus piernas delgadas y desnudas denotan algo de frío, tus ojos grandes, felices y brillantes reflejan el cosmos… y tu sonrisa… tu enorme sonrisa parece explicar mil cosas, sin necesidad de palabras…
Un leve suspiro… sólo eso y me recosté a tu lado, de la misma manera en la que tú estás… el azul del cielo parece más profundo y las estrellas parecen brillar con más intensidad… y sí… hace un poquito de frío.
Ni una sola palabra… silencio… miro hacia mi costado, buscándote y sigues allí, en tu felicidad inmutable… vuelvo mis ojos al cielo a intentar encontrar el lugar que te pone casi en éxtasis.
Pasa el tiempo y de pronto empiezo a recordar… Momentos de mi infancia en los que vivía cada sensación de manera mágica, en las que cada beso y cada abrazo unían almas, en las que las peleas concluían tan sólo un momento después…

Recuerdo las tardes en familia; los juegos con amigos, la escuela… Tanta alegría vivida…
Salir a correr porque sí y que el sol y el viento den de lleno en mi cara… Sentir el bello canto de los pájaros y también al desafinado y gracioso loro… Ver el sendero sinuoso de las hormigas; descubrir dónde duermen los sapos y preguntarme para qué sirven las tortugas… Sentir el ladrido, llamándome para jugar y darme amor, de mi fiel compañero y el maullido escurridizo del ronroneador nocturno…
Verme rodeado de vida, en el aire, en el agua; a cada paso…
¡Y respiraba hondo y seguía disfrutando! …
Recuerdo algo extraño; no sé el porqué … los varones no podíamos amar a las plantas y las flores… ¡Vaya estupidez!
Cómo olvidar mi girasol, aquél, que llegó a ser el doble de mi altura y al que abrazaba con toda mi alma… O cuando… cuando las campanitas silvestres se desprendían de sus tallos retorcidos y las levantaba, para luego tirarlas, lo más alto posible y verlas caer como paracaídas… y qué decir del viejo nogal, aquél que en cada abril nos recibía con alegría y nos cuidaba; aun cuando trepáramos hasta su rama más alta, demostrándole nuestro valor y osadía… Así y todo, con su paciencia y sabiduría nos hacía feliz y nos regalaba sus exquisitos y duros frutos…

Miro una estrella fugaz y se inquieta mi pensamiento… Me pregunto: ¿En qué momento empecé a correr sin sentido? ¿A quién le iba a ganar o debía superar?…
La luna en todo su resplandor, ilumina mi mente y una fresca brisa, pareció susurrarme al oído «Siente y vive con el corazón de un niño»
Suspiro, pero esta vez profundamente… el aire cada vez más frío y denso de la noche refresca hasta mi alma… nuevamente silencio… ¿Segundos? ¿Minutos?…
Inclino mi cabeza para verte y ahora me miras a mi… con la misma sonrisa y los ojos llenos de felicidad …
Agradezco a Dios por permitirte llegar de tan lejos, con tu silencio esclarecedor…
¡Arriba! Dame tu mano, vamos adentro, que ahora hace más frío… prometo que desde hoy y siempre, vendrás conmigo.

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