06/12/2022

Un rostro amable detrás de lo atroz

En 15 días, dos revelaciones sobre pedofilia en nuestra región han poblado las conversaciones y llenado de pavor a muchas personas por sus implicancias.

Un sacerdote y un cineasta quedaron, impensablemente unidos, por denuncias en su contra por pedofilia. Y la comunidad sigue tratando de entender cómo es que lograron mantenerse impunes a lo largo de tanto tiempo. Y las revelaciones sobre ambos casos, llegaron con 15 días de diferencia.

Ojalá se tratase de dos casos aislados y exclusivos sobre prácticas que involucran a infantes y adolescentes, pero lamentablemente la oficina de la fiscalía de Instrucción local tiene cada vez más denuncias sobre ese “horror”.

Fuera de los casos del sacerdote y del cineasta, baste recordar el triste final de una niña de ocho años que decidió ponerle fin a su vida para ponerle fin a los abusos a los que era sometida en el círculo intrafamiliar.

O el de ese abuelo que concurrió a fiscalía a preguntar por otra causa y terminó imputado y detenido por presunto abuso en contra de sus nietos pequeños. Ambos casos, en nuestro conglomerado regional.

Y son un muestrario mínimo de lo que se denuncia en tribunales. Y todos con el común denominador de haber convertido en víctimas a menores de edad, tanto varones como mujeres.

No faltará el que quiera adjetivar a esos victimarios como “monstruos” porque, si se tratasen de abominaciones, sería más fácil señalar su condición marginal, su exclusión de la “normalidad” comunitaria.

Pero no es así. Esos monstruos mostraban su cara más amable, tenían grandes condiciones sociables, al punto de que nadie hubiese sospechado sobre ellos si no hubiesen mediado denuncias en su contra.

Caminaban entre nosotros, intercambiaban con nosotros, participaban junto a nosotros de la vida cotidiana, reíamos junto a ellos y hasta compartíamos una mesa.

Por eso, la atrocidad resulta tan difícil de procesar y nos sume en el silencio mientras se busca una explicación racional.

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