28/09/2022

Tiempos de extremismos absurdos

El problema de militar en los extremos es que condiciona el entendimiento y hasta el diálogo mismo, además de desgastar las relaciones cotidianas.

Ser de “izquierda” o de “derecha” no es en sí algo bueno ni malo. Es, en todo caso, una postura personal, una opinión, un gusto respecto de cómo tiene que guiarse políticamente una comunidad.

En el último de los casos, lo que hará malo a la izquierda o la derecha será la calidad de sus militantes.

Dicho más llano: las personas son las que hacen que los términos tengas una connotación buena o mala.

Si te roba el político de izquierda o lo hace el de derecha estamos frente a un mismo e idéntico problema.

Y en Argentina es tan cortita la lista de políticos decentes que la mayoría no duda en señalar que el último de los decentes fue don Arturo Humberto Illia. Más cerca en el tiempo, otros mencionan a Raúl Alfonsín y pará de contar.

De todos modos, en Argentina hay un merengue bárbaro con eso de quién es zurdo o conserva. Suele tildarse de “zurdos” a dirigentes que en todo caso son de centro izquierda, o de una versión edulcorada de los socialismos europeos.

En rigor de verdad, la izquierda no gobernó nunca nuestro país. A lo sumo ha tenido representación legislativa, o ha ganado las elecciones en alguna localidad pequeña del interior nacional.

Y sin importar demasiado la orientación de nuestra clase política, podemos aseverar sin temor a equivocarnos que todos han contribuido en medidas dispares en el deterioro de la calidad institucional y en el rumbo económico, cada vez más crítico.

Y la gente que milita en los extremos pierde tiempo odiándose en redes sociales, mientras vamos a la deriva en un barco que no llega a ningún puerto hace décadas.

El absurdo de los extremos es seguir profundizando diferencias cuando lo que urge, en realidad, son acuerdos amplios, generosos, de las mejores ideas, para dejar de sumergirnos.

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