25/02/2021

Pensando para el largo plazo

Siendo “la” verdad un concepto cada vez más relativo, convendría sincerar algunas cuestiones que nos alejen de soluciones mágicas o infantiles.

No sé lo que quiero, pero lo quiero ya. La vida posmoderna nos ha acostumbrado a la velocidad: todo viene rápido (o, al menos, tiene esa apariencia) y la mayoría quiere que todo se adapte a esa lógica.
¿Ya está la vacuna contra el Covid-19? ¿Y qué esperan para vacunarnos a todos ya? Lamentablemente, los tiempos de producción del “complemento” de la solución al coronavirus (porque la vacuna no es toda la solución al problema de los contagios) no coinciden ni con las expectativas de la gente ni con las promesas de los que deciden.
Y, por eso, es que tenemos a tanta gente sumida en una confusión emocional que va de la ilusión a la decepción con la velocidad de la luz. La solución a la pandemia es mixta: mezcla la decisión colectiva (en desmedro de las ambiciones individuales), de aplicación de medidas biosanitarias, de respeto por las recomendaciones (evitar aglomeramientos innecesarios, mantener distancia física, reducir las reuniones sociales a su mínima expresión y en contextos controlados), y de paciente espera del momento de la vacunación.

Sin esa preparación emocional, seguramente, caeremos en la amargura a intervalos regulares durante el semestre que viene.
Muchos países de Europa creen que parte de la solución tendrá lugar en noviembre de este año. No hay ninguna razón objetiva que nos lleve a pensar que a nosotros nos llevará menos que ese tiempo.
Así como tocar el piano con cierta destreza demanda unos cinco o seis años de práctica y dedicación constante, en muchas cuestiones nuestra sociedad tiene que acostumbrarse a pensar y ejecutar para el largo plazo. No habrá soluciones mágicas ni rápidas. Conviene que tengamos en claro eso.

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