08/12/2022

Misterios y aspectos desconocidos de la Estancia Jesuítica de Santa Catalina (Parte I)

La Fundación CIEU halló el sitio del primer emplazamiento de la Estancia de Santa Catalina y su primer oratorio.

Por: Sergio A. Tissera, Martín M. González, Ronald Baudat Arellano, Alejandro Giorgio y Germán Adinolfi (Fundación CIEU – Centro de Investigación Espeleológico Urbano)

La Estancia jesuítica de Santa Catalina es más o menos conocida y mucho se ha escrito sobre ella. Pero lo que queremos revelar en este artículo son los sitios desconocidos, no abiertos al público y celosamente guardados por sus propietarios.

Algunos de estos temas, desarrollados en profundidad, podrían significar verdaderas revelaciones históricas.

Los oratorios, a diferencia de las capillas, aparte de ser de menor dimensión, carecían de sacristía

Sitio del primer asentamiento jesuítico en la zona. El primer oratorio

Lo que muchos no saben es que la Compañía de Jesús -al adquirir las primeras tierras en la zona para conformar esta estancia- ubicó el casco primitivo a unos 7 kilómetros al oeste del casco actual. En ese sitio tenía su casa Luis Frassón quien les vende esta merced a los jesuitas.

El primer propietario de estas tierras fue Miguel de Ardiles “el viejo”, quien entró en posesión de ellas por merced real (como era la costumbre de la época) en 1584.

En 1606, por herencia, pasaron a manos de su hijo Miguel de Ardiles “el mozo”, quien vendió las tierras a Luis Frassón, armero del rey, en 1612.

Frassón comenzó a organizar un establecimiento rural en estas tierras e instaló un taller de herrería donde realizaba la tarea asignada en la conquista.

A partir de Frassón podemos hablar de una primera estancia en la zona, conocida como Calabalumba la vieja. Desde 1614, Frassón denominó con el nombre de “Santa Catalina” a su hacienda.

En 1622, Frassón vendió a la Compañía de Jesús su estancia, llamada de Santa Catalina, quien la adquirió para destinarla al mantenimiento del Noviciado.

Es en el «casco» de la estancia de Frasson donde los jesuitas se instalan, erigiendo sus propias construcciones.

Los oratorios, a diferencia de las capillas, aparte de ser de menor dimensión, carecían de sacristía

La información sobre las construcciones jesuitas referente al siglo XVII es escasa y confusa. Nosotros creemos, en base a la evidencia material hallada en nuestros relevamientos, que es en el sitio indicado más arriba (a 7 km al oeste del actual casco y a orillas del río Santa Catalina), donde estuvieron afincados los padres durante la primera mitad del siglo XVII.

Y persisten aún las ruinas de su primer oratorio, mal llamado «la casa de Frasson» por algunos historiadores.

Inspeccionando minuciosamente el sitio, hallamos evidencias materiales de los establecimientos rurales coloniales: La piedra de un molino hidráulico, restos de pisos de ladrillones correspondientes a habitaciones, corrales y lo más importante: una construcción abovedada que entendemos cumplió con la función de oratorio.

El Oratorio

Se trata de una sala rectangular orientada en su eje largo de norte a sur, de unos 3,5 metros de ancho por 6 metros de largo, con pilastras laterales que han sostenido una bóveda, hoy, desplomada.

Tiene su ingreso principal por el norte y una abertura al este que comunicaba con una galería u otra ala de techo soportado por vigas de madera.

En el costado oeste hay un arco de ladrillo, tapiado, que comunicaba con el cementerio. Los oratorios, a diferencia de las capillas, aparte de ser de menor dimensión, carecían de sacristía.

La fábrica es típicamente colonial: piedras y ladrillos intercalados, todos estos elementos unidos con argamasa; presencia de mechinales (huecos para empotrar las vigas que sostenían los andamios); arcos con función de dinteles; estucado de los muros a la cal.

Estas ruinas jamás pudieron pertenecer a la casa de Frassón como se ha pretendido. No había en los albores del siglo XVII, fuera de los jesuitas, alarifes capaces de construir bóvedas de grandes dimensiones.

Y este edificio la ha tenido. También presentan sus muros detalles ornamentales y nichos para imágenes, compatibles con elementos de la litúrgica católica.

Los oratorios, a diferencia de las capillas, aparte de ser de menor dimensión, carecían de sacristía

Y lo más relevante es la presencia de un enterratorio, al costado oeste del edificio, conformando el típico cementerio de las capillas coloniales.

Estas ruinas se mencionan en el inventario confeccionado por la Junta de temporalidades en 1768 (encargada de tasar los bienes de la Compañía de Jesús, tras su expulsión, para rematarlos). Y dice textualmente el documento: … “previniéndose que en la Estancia Vieja hay un cuarto de bóveda de siete varas de largo y cuatro de ancho”…

Es importante la mención del sitio como «estancia vieja», asignándolo como un puesto de la estancia; similar a lo ocurrido con el casco primigenio de la estancia jesuítica de Caroya, que al ser trasladado paso a conformar un puesto conocido como «Caroya Viejo».

Con el paso de los siglos, la construcción antigua -adjudicada a Frasson por algunos y a los Jesuitas por nosotros- se fue deteriorando, hasta quedar en un estado de ruina y abandono, sin protección ya que no forma parte de la declaración de “Patrimonio de la Humanidad” que brindó UNESCO a la Estancia Santa Catalina en 2000.

Se trata, sin dudas, de un auténtico patrimonio arquitectónico del siglo XVII, siendo el patrimonio “más antiguo aún en pie” en la zona, que “ha quedado a merced” del abandono y el desinterés general, principalmente porque es desconocido.

Es importante difundir este sitio, ubicado en el paraje “Bajo de Olmos”, para salvarlo del olvido y el deterioro.

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