06/12/2022

Mi mascota es una puerta | Cuento infantil

Texto ganador del primer premio del concurso Diego Dardo Arguello “Don Quirquincho” de la Agencia Córdoba Cultura para el género cuento infantil.

Por: Analía Juan (Escritora)

Mi mascota es una puerta. Sí, una puerta.
Cuando me la regalaron sentí una profunda desilusión, la verdad hubiera esperado un perrito, un cobayo, un gato, un pollo vivo, cualquier bicho menos una puerta.
Por ese entonces había llegado al barrio una chica flaca, flaquísima, se llamaba Joserefina. Era más grande que yo, al primario no iba seguro, porque con esa altura la hubiera visto en la escuela. Mi mamá me había contado, que le habían dicho, que alguien sabía, que era de una familia de trabajadores golondrina, que estaban alquilando una pieza en algún lado.
Trabajadores golondrina, me pareció tan extraño.
– ¿Cómo se trabaja de pájaro, má?
– A ver, decime… ¿qué te imaginás?
– ¡Uh! No, dejá.
– Investigalo, entonces. Tiempo te sobra.

Cada vez que Joserefina pasaba frente a mi casa yo estaba muy ocupado, taloneando la verja, sacándome los mocos o contando los autos que pasaban por la calle. La seguía con la mirada porque me llamaban la atención sus piernas, parecían dos sogas colgando desde una pollera.
Un día se paró frente a mí. ¡Uy!, seguro que me larga un ¿qué mirás nenito?
– ¿No te aburrís?, me dijo.
Yo, que había preparado un ¡qué te importa!, quedé mirándola con ojos de pescado.
– Que si no te cansás de estar sentado en la verja.
– Es que no me dejan salir, hasta aquí puedo nomás.
La voz me salió como plumita. ¿Por qué le habré dicho eso? ¿Acaso pensaba que se acercaría, me acariciaría el pelo y me diría: pobreciiito? Le tendría que haber mandado el ¡qué te importa! y sacarle la lengua de paso.
– Lo que te hace falta es una mascota, me respondió y siguió caminando.
Otros me decían que lo que necesitaba era un hermano, o ayudar más en la casa para no estar tan al pepe, o leer algo. Pero nadie me había dicho lo de la mascota. A lo mejor porque sabían que en mi casa ése era un tema cerrado. A veces no nos alcanzaba más que para una sola comida, de esas que no sobra nada para la noche. O mi mamá tenía que ir de madrugada al dispensario para conseguir un turno con la pediatra, ni pensar en alimentar a una mascota, o comprarle vacunas y menos pagarle una consulta al veterinario. Mi papá decía que para tener un perro pasando miserias, mas valía no tenerlo.
Una tarde Joserefina pasó en bicicleta, no frenó sólo dejó de pedalear, levantó el brazo y me gritó.
– ¡Piluquiii…tengo algo para vos, mañana te la traigo!
Su mano volvió al manubrio y yo quedé con la mía levantada como despidiendo a un barco desde el muelle. ¿Cómo supo que me decían Piluqui?
Esa noche no pude dormir de la ansiedad y al día siguiente la esperé en la verja, pero no sentado. La recorría de punta a punta como soldado en guardia, cuando llegaba al final giraba en un pie y vuelta a empezar. A lo mejor la mascota que me traía no comía mucho y me dejaban tenerla.
Tardaba, demasiado tardaba. Hasta que a lo lejos me pareció ver su andar de flamenco. Cuando se fue acercando noté que no traía ninguna caja. ¿Se la habrá olvidado?
Me empujaron los nervios y por poco me caigo. Bajé haciendo de cuenta que no había pasado nada.
– Te traje lo que te prometí, Piluqui.
Mis ojos hacían zig zag queriendo verlo todo, no encontraban un punto fijo, ¿será un animal muy pequeño? Ella metió su mano en el bolsillo del vestido y sacó un papelito doblado.
¡Ah!, es un chip de mascota para el celu, pensé. ¿Cómo le digo que no tengo celular?
– Tomá, abrilo.
Estiré la mano. Lo desdoblé. En ese papel sólo había una puerta dibujada.
– Fijate, la puerta se puede abrir.
Era cierto, la puertita de papel se abría y dejaba ver un fondo de papel glasé metalizado.
– Cuando estés aburrido, abrí la puerta y fijate adentro. A veces hay barcos, o autos de carrera, o un montón de conejos, o una isla, hasta puede haber vampiros enfermos para curar.
– Pero…
No me salían las palabras, siempre me pasaba lo mismo, no me salían. Hubiera querido decirle ¡¿Esto te parece una mascota?!¡Eh! ¡¿Me viste cara de tonto?! ¡¿Te picotearon el cerebro tus padres golondrinas?!
– Si te concentrás, podés entrar. Sólo tenés que mirar fijo el fondo.
Me desacomodó el flequillo con un vaivén de dedos y se fue.
Quedé mitad enojado, mitad desilusionado, más bien tres cuarto enojado. Cuando me cansé de pegarle patadas a la verja me senté a conformarme con mi mascota: puerta.
Primero pensé en hacerla un bollo, al rato aflojé. Bueno, la miro un poco y después sí la hago un bollo y la piso y la aplasto y la dejo hacha trizas.
Volví a desdoblar el papel, abrí la puertita y clavé la mirada en el fondo metalizado. Algo se movía allí. ¡No seas tonto Piluqui!, me reté, ¿no ves que es el reflejo del árbol que está atrás?
Podía ser…o podía no ser. Volví a concentrarme. Si la balanceaba los reflejos cambiaban, parecía cierto, algo se movía en el interior, tenía que concentrarme más.
– ¡¡Piluquiii! Está listo el mate cocido. ¡Entrá y lavate las manos!
Metí mi mascota en el bolsillo, más tarde podría abollarla y pisotearla.

Por la noche intenté mirar de nuevo, pero tenía que enganchar justo la luz del foquito, que encima ya estaba medio anaranjado. Con el ruido tampoco podía concentrarme así que la guardé de nuevo.
Al otro abrí la puerta a pleno sol.

De a poco fui aprendiendo a descubrir el mundo del fondo de papel glasé, Joserefina no me había mentido. Durante varias tardes la esperé para pedirle más instrucciones porque aunque pudiera ver lo que había, no podía entrar. Pero ella no volvió a aparecer.
Un día estaba tan concentrado en el fondo de la puerta que me ardieron los ojos como si me hubieran entrado jabón. Los cerré despacio y entonces me di cuenta: no tenía que entrar con el cuerpo. Fue cuando un payaso me enseñó a ser equilibrista, tuve que caminar sobre la verja con una bandeja y una torre de vasos plásticos apilados.
Otra vez me fui a jugar a la pelota con Messi, y a una misión espacial usando el casco de la moto de mi tío. Hasta me hice amigo de un carpintero que me ayudó a construir un carrito con unos cajones. Las aventuras más peligrosas fueron en alta mar, una caja de cartón me sirvió de barco pirata y más de una vez terminé herido por alguna espada de madera.
Como Messi me entrenó tan bien, me animé a acercarme a los chicos que estaban jugando al fútbol en la canchita de la esquina.

– ¡Era hora que cruzaras esa verja Piluqui!, me dijo una tarde mi mamá, cuando me vinieron a buscar porque faltaba uno para el equipo.
Mi mascota duerme en el cajón de la mesa de luz, sé que me espera ansiosa porque cada vez que abro el cajón ella me muestra su sonrisa metalizada.

¡Ah! los trabajadores golondrinas son personas que trabajan pero no de pájaro. Si tenés curiosidad, ¡averigualo!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *