08/12/2022

Las obras hidráulicas de la Estancia Jesuítica Santa Catalina (Parte IV)

Estas ruinas quedaron serpenteando campos privados y ocultas a la vista de los visitantes.

Vista del interior del túnel.

Por: Sergio A. Tissera, Martín M. González, Ronald Baudat Arellano, Alejandro Giorgio y Germán Adinolfi (Fundación CIEU – Centro de Investigación Espeleológico Urbano).

El túnel de la acequia Santa Ana

Cuando los jesuitas trasladan el casco de la estancia desde el Bajo de Olmos hacia la ubicación actual, previamente construyen una acequia para traer el agua hasta el nuevo asentamiento.

Pero hay un impedimento: una loma que se interpone entre la costa del río donde se situará la boca toma y el sitio destino del agua.

Sortean este accidente natural con un túnel de calicanto en varios tramos abovedado, terminado a mediados del siglo XVII (se lo menciona en funcionamiento ya para el año 1656) y bautizado «Santa Ana».

La galería subterránea tiene unos 2 Km de extensión, y presenta respiraderos periódicamente en su trayecto. Las paredes son de piedra, la bóveda de piedra canteada y algunos segmentos con arcos de ladrillos.

También tiene un piso enladrillado. Las ventilaciones son cilindros de ladrillos y cal. La obra es de un arte exquisito.

Aquí, conviene aclarar un error histórico, el cual consiste en afirmar que esta acequia viene desde Ongamira, siendo que nace a un par de kilómetros del tajamar, en el sitio a la vera sur del río Santa Catalina, conocido como «Los Siete Chalets».

La acequia de Santa Ana alimentará un molino de cubo (Conocido como «el molino de arriba»), luego llenará un embalse de agua (El Tajamar) y el desagüe de este último moverá un segundo molino (Conocido como «el molino de abajo»).

El sobrante de agua se destinará para el riego de plantaciones. También una rama de esta acequia ingresará al casco de la estancia para regar la huerta y disponer de agua para el consumo.

Vista del interior del túnel.

Uno de los propietarios actuales de la estancia, Don Francisco Antonio Díaz Nuñez, nuestro querido “Pancho Díaz”, descendiente directo del coronel Francisco Antonio Díaz, quien adquirió la propiedad en el siglo XVIII en remate; nos facilitó un plano que levantó del sistema hidráulico de la estancia.

Pancho Díaz, gran historiador, conoce como pocos la historia y los detalles de esta hacienda.

Vista externa del acceso al túnel.

El tajamar quebrado

Otro ambicioso proyecto, y poco conocido, llevan a cabo los jesuitas. Es la construcción de un 2º tajamar, que en el siglo XVIII es arrasado por una creciente, quedando su murallón en ruinas, conocidas hoy por los lugareños como «el tajamar quebrado».

La expulsión de la orden determina que esta muralla nunca sea reparada, y quede para siempre en ruinas.
Después del tajamar de Alta Gracia (hoy reducido en su tamaño e integrado a la ciudad), solo Santa Catalina tiene aún su lago artificial que se remonta a la época de los jesuitas.

La Candelaria y Caroya hoy solo muestran los muros de lo que fueron estos espejos de agua.

Y sólo Santa Catalina tiene a la vista el murallón de calicanto de un segundo Tajamar, de 180 metros de extensión, con una altura en la porción correspondiente a la parte más profunda del terreno que supera los 4 metros.

Vista del murallón donde se aprecia la altura del tajamar

El ancho de este muro es de 1,5 metros, y curiosamente en la parte media solo la mitad, que es precisamente donde se produjo el derrumbe del muro que lo bautizó como «tajamar quebrado».

Hoy estas ruinas, han quedado serpenteando por campos privados y ocultas a la vista de los visitantes.

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