15/04/2021

La muerte de Lucas Torres dejó al Justicialismo local sin su más importante referente

Hasta su intendencia en 1991 –que retuvo en 1995- ningún dirigente del partido había logrado destronar a la UCR en comicios locales.

Es poco probable encontrar en la historia política reciente a un dirigente que haya cosechado tantos detractores como defensores. Lucas Torres estuvo en la boca de los tres intendentes que lo sucedieron, quienes lo utilizaban en su retórica como ejemplo de todo lo que estaba mal. Y muchos vecinos compraron ese discurso.
De todas las acusaciones que le formularon, Torres rara vez se defendió. Pero en la periferia, en el “barro”, entre los vulnerables, Lucas Torres era una persona muy querida. Es que la campaña que lo había llevado a la intendencia había sido eso: caminar las calles, aceptar el mate insoportablemente dulce, meterle un trago al vino con soda que ofrecía el vecino.
Sin teléfono móvil, sin redes sociales, sin sitios de noticias en la web, todo se reducía a que te conozcan. Y Lucas Torres no le escatimó esfuerzo, gastó zapatos, y caminó la ciudad como ninguno lo había hecho. Había logrado, además, un grupo de mujeres sumamente fiel que caminaba los barrios, armaba reuniones, y militaba la causa.

Lucas Torres, Adriana Seculini, Rubén Etchevest, y Roberto Zaya en tiempos de debates

Pero el PJ, que casi no tenía experiencia en el gobierno, tuvo que hacer malabares durante la primera gestión -1991/1995-, perdió a muchos de sus funcionarios (algunos renunciaron, a otros los renunciaron), y enfrentó algunas acusaciones que la Justicia terminó desestimando. Sin embargo, en 1995, Torres volvió a doblegar a la UCR en las urnas y comenzó un segundo período que fue una verdadera montaña rusa y lo puso en situaciones verdaderamente incómodas.

El saldo en lo público

Una discusión numérica con la Caja de Jubilaciones de la Provincia, por ejemplo, dejó a Jesús María sin coparticipación. Cada mes, la administración local recibía un cheque con el valor de 1 peso. Al gobierno de Cordoba le salían más caros los impuestos y el envío por Correo que el valor que le acreditaba a la ciudad cabecera de Colón. Y pese a esa restricción, Torres se las ingenió para hacer obras.
Algunas de esas obras las ejecutó con mano de obra municipal y que se convirtieron en un modelo para otros municipios. Gracias a eso, se avanzó muchísimo en la red de gas natural, y en la ejecución de defensas sobre el río Jesús María.

Torres, flanqueado por Guillermo Pereyra y Adriana Seculini, en época de elecciones

Además, su relación fraterna con el entonces gobernador provincial, Ramón Bautista Mestre, le valió que le asignaran más de 250 viviendas que se distribuyeron, principalmente, la zona este de Jesús María y que fueron el puntapié para barrios como Bulgheroni y 17 de octubre.
Y se animó a endeudar a la ciudad a través de créditos como el PRAM, del gobierno de la Nación, para la ejecución de más de un centenar de cuadras de pavimento.
Muchos de esos endeudamientos no estuvieron exentos de sospechas y de críticas, incluso de insinuaciones sobre corrupción.
La elección municipal anticipada, se eligió intendente a fines de 1998 pero asumía en diciembre de 1999, convirtió la transición en una verdadera pesadilla y una novela que concluyó con el faltazo de Lucas Torres el día en que tenía que entregarle el poder a Jorge Colombo.
Tras un breve paso por la DAS (Dirección de Agua y Saneamiento), Torres volvió a su profesión de médico. Su paso por la función pública nunca le permitió jubilarse por anticipado. El poderío político que alguna vez alcanzó se fue diluyendo con los años y la madurez lo encontró un poco más sabio y menos cabeza dura.
Quizás sea demasiado pronto para decir cuál fue el legado que Lucas Torres le dejó a la ciudad de Jesús María. Ojalá que la historia le haga Justicia.

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