15/04/2021

Hace una década comenzaban a caerse los puentes

Lo más fácil fue echarle la culpa a la “ferocidad” del clima, pero había culpas concurrentes y humanas en la falta de manutención de algunas estructuras que colapsaron a partir de 2010.

Terminaba enero de 2010 y este cronista partía de vacaciones en medio de un aguacero de madrugada. No muy diferente de los tantos aguaceros veraniegos ni mucho más feroz.
Pero ese aguacero logró que colapse, por primera vez, el puente que une Jesús María con Sinsacate, hace 10 años y medio. La cabecera norte del nuevo puente (construido en tiempo récord durante 2010) colapsaría nuevamente en 2015 y, desde entonces, nunca se reconstruyó ese tramo final. Tiene una reparación fuerte, pero provisoria.
En lo que va desde aquel primer incidente con el puente, otras tres importantes estructuras se cayeron. En 2013, se cayó el expuente Centenario (hoy, Maturano). Y en 2015, se cayó el puente sobre la ruta 9 norte entre Totoral y Las Peñas, y también el puente que cruza el río Ascochinga, sobre la E66.

Aunque resultó claro que las crecidas de 2015 fueron extraordinarias, igual de claro resultó que ninguno de los puentes que se cayeron contaban con la manutención suficiente para garantizar que se mantuviesen en pie.
Como muestra, basten las declaraciones de junio de 2000 del arquitecto José María Brusasca, entonces secretario de Desarrollo Urbano de Jesús María: “Uno de los problemas graves que tenemos es que el río (Jesús María) tiene cada vez más pendiente, lo cual genera mayor arrastre de arena y determina que vaya bajando su nivel. Cuando esto sucede, comienzan a aparecer las bases de los puentes como se puede observar actualmente y que, a la larga, traen problemas de transitabilidad y de posibles derrumbes”.
El mayor arrastre tenía como causa, entonces y también hoy, la extracción indiscriminada de áridos en diversos puntos del río, sin supervisión ni control.

Culpas concurrentes

La situación sobre la peligrosidad que representaba que apareciesen las bases de los puentes fue advertida por la Municipalidad, tanto a las autoridades nacionales como provinciales, pero ninguna repartición ofreció auxilio concreto.
En 2012, si ir más lejos, dos ingenieros que trabajaban para la Municipalidad hicieron un informe sobre el estado en que se encontraba el puente Centenario y ese informe no se elevó a Recursos Hidricos ni tampoco a Vialidad provincial. En noviembre de 2013, ese puente cedió ante una lluvia importante, aunque no extraordinaria.
La metáfora que se utilizó para ejemplificar esa caída fue que “al gigante le habían pegado una buena patada en el tobillo”.

Desde la caída del primer puente y a la fecha, se viene sosteniendo que es imprescindible revertir la “erosión retrocedente” que se dio en nuestros ríos.
Para ello, una buena medida sería ejecutar gaviones horizontales después de cada puente que permitan acumular sedimentos y evitar que las bases de los puentes vuelvan a verse.
Vale recordar que, en 2016, se prometió la ejecución de algunos diques pequeños (cuatro, al principio; dos, después), proyecto que durmió el sueño de los justos.

En todos estos años lo único que se hizo fue una buena cantidad de lagunas de contención o microdiques que debieran impedir que el agua corra enloquecida durante una eventual crecida extraordinaria.
En el mientras tanto, el Estado sigue invirtiendo fortunas cada vez que un puente se cae, sin contar todos los trastornos que se genera en el tránsito y la seguridad vial.
Todo lo que se advertía hace 20 años sigue pendiente de resolución y a la espera de una solución de fondo.

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