09/08/2022

Hace 25 años comenzaba la entrega de las vides importadas desde Italia

Los primeros 20 mil ejemplares adquiridos al vivero cooperativo de Rauscedo comenzaron a entregarse en marzo de 1997.

Si Colonia Caroya cuenta hoy con una interesante variedad de viñedos se debe, principalmente, a la decisión de las bodegas y del municipio de adquirir durante 1997 en Italia 60 mil vides de alta cualidad enológica con la que comenzar el proceso de reconversión vitivinícola.

Previo a eso, se enviaron muestras de suelo e informes de clima que determinaron que en suelo caroyense podían implantarse sin ninguna limitación.

Así, se trajeron ejemplares de las variedades malbec, merlot, cabernet sauvignon, ancelotta (tintas), y sauvignon blanc, chardonnay, trebbiano romagnolo, y malvasia istriana.

La convocatoria se abrió en aquel entonces a todos los productores vitivinícolas de Colonia Caroya y la entrega de variedades se hizo previa evaluación de los antecedentes productivos de cada interesado.

Una apuesta gigante

La importancia del proyecto radicó en que la entrega de las vides se hizo en forma gratuita. El municipio aportaba la conducción técnica y la capacitación para su manejo, y se reservaba el derecho a supervisar y seguir la producción.

Ponía como condición, además, que la superficie a implantar tuviese un mínimo de 2.500 m2 por variedad de uva.

Como beneficios adicionales se previeron: desgravación en los servicios de agua de riego, aporte de sulfato y asesoramiento con técnicos italianos.

Durante aquel tiempo especialistas del vivero cooperativo de Rauscedo (uno de los más grandes del mundo) visitaron la zona con regularidad y fueron señalando defectos e indicando correcciones para mejorar todo el proceso.

Amadeo y Sergio Tabbia fueron de los primeros productores que abrazaron y defendieron el proyecto. El ingeniero Adolfo Grión también incentivó a la producción.

Una de las principales limitaciones de aquella época estaba, principalmente, en la tecnología que utilizaban las bodegas para producir vinos, cuestión que pudo ser subsanada con las inversiones que vinieron después.

La otra limitación estaba en el ánimo de los productores caroyenses que no conseguían buen precio por sus cosechas y en los plazos en los que las bodegas les pagaban sus entregas.

No obstante ello, un puñado de viticultores de la localidad se cargó al hombro el proyecto e implantó una buena cantidad de hectáreas que son las que hoy aportan insumos para la producción de vinos finos y vinos reserva.

La apuesta era grande porque para ver los primeros frutos había que esperar al menos cinco años como para tener una cosecha decente.

Miguel Patat también se puso la camiseta de la reconversión ni bien trajeron las primeras 20 mil estacas importadas.

Enemigos varios

En todo este tiempo, los amantes de producir uva para vino lidiaron contra agroquímicos varios, contra veranos excesivamente húmedos, o excesivamente secos, contra heladas tardías, contra pestes (trips, cochinilla harinosa).

Y las bodegas locales lidiaron contra la situación económica del país y contra sus propias limitaciones internas -desaparecieron cuatro de las bodegas históricas-.

Caroya ya no es el terruño que produce 20 millones de kilos de uva por año, como en la década de 1970, pero en su favor se puede decir que mejoró sustancialmente la calidad de sus productos que representan a Córdoba dignamente en cualquier lugar en el que se los ponga a degustar. Y eso no es poco.

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