10/10/2020

¿Falta mucho? ¡Falta mucho!

Al comenzar la pandemia, especialistas comparaban la situación mundial con los escenarios de posguerra y a la mayoría le parecía una exageración.

Los científicos más brillantes del planeta trabajan desde hace meses para conseguir una vacuna que son aleje de este mal sueño que se viene llamando coronavirus y no parecen dar con la tecla.
Los países más avanzados probaron todas las recetas posibles para frenar el virus y casi ninguna parece haber dado resultado.
Donde prosperó la economía, se saturó el sistema de salud y la mortalidad y viceversa: donde se priorizó solamente la salud, se destruyó la economía y ¡también la salud!.
Al igual que en una guerra, lo inquietante de esta pandemia es que tuvo fecha de inicio, pero nadie puede aventurar cuándo se va a terminar ni cuántas van a ser las bajas.
Nadie se anima a decir quiénes serán los ganadores o perdedores, aunque está claro que para Latinoamérica las consecuencias van a ser más gravosas que para otros países desarrollados.
En Argentina, el cansancio, el mensaje erróneo emitido desde el gobierno, y la sensación de que nada de lo que hicimos sirvió para frenar el avance de la enfermedad, contribuyen a un preocupante marco para que continúe la dispersión.
Los incrédulos -los que creen que no hay tal virus y que todo es una invención del gobierno-se someten a innecesarias formas de contagio por no cumplir con la sencilla regla Di-Ba-La (Distancia, Barbijo, Lavado de manos).
Los temerosos no ven la hora de contar con una vacuna o un tratamiento que le ponga fin a tanta angustia y sueñan con que en enero todo haya terminado y podamos remojar los pies en Santa Teresita, en la costa argentina.
Ha llegado la hora de abrazarse a la convivencia con el virus, en pensar que no se termina hasta que se termina, y que nuestra responsabilidad individual hara muchísimo más que cualquier orden o receta.

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