28/09/2022

En recuerdo amoroso de las “seño”

El mundo ha cambiado vertiginosamente en los últimos 20 años y la docencia sigue siendo una de las profesiones peor pagas, pese a su invaluable valor.

No sabría empezar por cuál de ellas me enseñó qué. Mis primeras operaciones matemáticas y palotes en la escritura, seguramente, llegaron con la “seño” Rosina.

No levantaba mucho la voz, era delgada, con el cabello renegrido y una sonrisa inolvidable. Me hizo gustar de la escuela, pese a que protestaba mucho por tener que ir a escolarizarme.

Rosina fue la que me dio mi primer protagónico en los actos escolares. Fui José de San Martín y, con apenas seis años, hice de memoria un recitado de cuatro o cinco párrafos y bailé un minué con mi bella compañera Lidia García.

La “seño” Bety, en cambio, tenía el rostro adusto y parecía mucho más severa de lo que en realidad era. Leímos tanto durante ese cuarto grado que todos salimos leyendo a la perfección, con 9 y 10 años.

Y el resto de mi educación primaria se lo cargó la “seño” Cristina, un ser humano bellísimo que fue en esos años de formación la segunda madre en que se convertían nuestras docentes.

Fue mi maestra en segundo, tercero y quinto grado. Falleció hace no muchos años y su partida temprana me dejó una profunda congoja.

Por suerte, ya periodista, pude escribirle y dedicarle algunas editoriales de este semanario y hacérselas llegar. El cariño que nos tuvimos duró todo ese tiempo.

Mi mamá también es maestra y nació el mismo día en que celebra su vocación, 11 de septiembre. Jamás ha claudicado en su meta de enseñarme.

Aunque he llegado a la adultez, me sigue diciendo que me cuide del frío, que no haga esfuerzos exagerados en mis caminatas, me recomienda lecturas, y me reenvía todo lo que considera que me alimenta el alma.

Nota en el tono de mi voz si estoy triste o si algún mal me aqueja. Pelea conmigo porque es en muchas cosas igual a mí. Y es una de las “seños” que más admiro en todo el mundo.

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