18/01/2021

El espejo maradoniano

La fábula del pibe de barrio que llega a lo más alto forma parte del famoso sueño americano y nuestro país tuvo su ejemplo cabal en Diego Maradona.

Hace alrededor de un año, en una entrevista que le hicieron al periodista deportivo Ernesto Cherquis Bialo le pedían una opinión de Maradona a lo que él contestó, rápidamente: ¿Cuál Maradona? ¿O usted cree que hay un sólo Maradona?
La respuesta de Cherquis tenía sentido porque, quizás como ningún otro argentino, Maradona representó varios polos opuestos.
Fue un pibe de un barrio humilde casi sin nada para comer ni boleto de colectivo para ir a entrenar, pero también el que pasó una larga temporada en hoteles siete estrellas de Dubai.
Fue un futbolista disciplinado, talentoso como pocos, devoto del aroma a césped y a la redonda, pero también un sibarita proclive a los excesos de la carne (todos, sin excepción) y un hombre con demasiados problemas familiares y personales.
Le aplaudimos por sus gambetas, sus goles, su pasión al vestir la celeste y blanca, pero lo abucheamos con sus comportamientos machistas, sus frases desafortunadas.
Nos sentimos orgullosos cuando, gracias a él, fuimos campeones del mundo en 1986, pero también sentimos vergüenza cuando rechazaba reconocer los hijos que había tenido por fuera de su matrimonio.
En ese vaivén emocional, nos mantuvo Diego Maradona durante los últimos 45 años. Quizás sea demasiado pronto para poder escribir una historia que le haga justicia al mayor ídolo popular que tuvo el deporte argentino.
Su partida de este mundo dejó tristes a millones, pero también enojados a millones que separan su vida deportiva de su vida personal. Lo alaban por la primera y lo condenan por la segunda.
Difícil no conmoverse ante aquel Dieguito que soñaba jugar con la selección y salir campeón mundial. Maradona seguía siendo “Dieguito” en el fondo.

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