08/12/2022

“Argentina 1985”, Malvinas, el cine y la pirotecnia

La agenda dictadura-democracia no está entre las inquietudes ciudadanas, pero la película Argentina 1985 se convirtió en boom.

Luis Moreno Ocampo, 2022. De su Twitter personal.

Por: Rubén Curto (Periodista).

Raro fenómeno, sobre todo en materia de convocatoria de público, el de la peli Argentina 1985, que revive de punta a punta el histórico juicio a los militares de la dictadura genocida de 1976, con Jorge Videla y Emilio Massera a la cabeza.

En un momento de capa muy caída del cine en general (la pandemia fue demoledora para esa actividad), sin grandes “tanques” convocantes de Hollywood, de pronto un film argentino hace pata ancha y congrega.

Concedo: en el medio está Ricardo Darín, que es garantía de calidad y que, desde lo personal al menos, me conmueve enormemente en cada una de sus actuaciones.

Pero lo que llama la atención es otra cosa. La agenda dictadura-democracia no pareciera estar hoy entre las principales inquietudes cotidianas de la gente, ocupada de otras cuestiones mucho más inmediatas como sobrevivir a la inflación y llegar a fin de mes.

Por eso deduzco que éste no era, precisamente, el momento más oportuno para esperar un boom como el que logró Argentina 1985. Doble mérito entonces.

Menos aún si consideramos el clima político de grieta insoportable, de discursos de odio, de derechización ideológica general y de reivindicación de la violencia como método de acción por parte de algunos políticos (“cárcel y bala a los que hacen paro”, “mandar el Ejercito a terminar con la protesta mapuche”, y un largo etcétera).

¿Qué pasa por la cabeza de alguien que se sienta casi dos horas en una butaca a conmoverse por el horror de la dictadura y a congraciarse con el rol heroico de dos fiscales (Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo) que se jugaron todo por condenar a los asesinos, cuando ve cuánto hemo retrocedido actualmente en nuestra cultura democrática, de tolerancia, de diálogo, al punto de que una bandita de marginales llega a atentar contra la vida de la vicepresidenta de la Nación…. y muchos ciudadanos (y hasta políticos importantes), no solo no repudian, sino que lamentan que la bala se trabara en el cargador.

Así de contradictorios somos.

Tampoco es mi intención analizar las virtudes y defectos de la peli. Sí me parece que queda algo en deuda con Raúl Alfonsín como promotor principal de los juicios, y también me quedé con ganas de que ahondara un poco más en el relato de las víctimas/testigos, para dimensionar el horror de los centros clandestinos de detención de la dictadura.

Como sea, el film tiene el mérito enorme de revalorizar ese “Nunca más” que tanto nos costó y de mostrárselo a las nuevas generaciones que no escucharon hablar jamás del genocidio y el terrorismo de Estado. Democracia y libertad para siempre.

Quizás al mejor comentario me lo hizo el boletero del cine cuando compré el ticket. “Ha venido muchísima gente. La inmensa mayoría del público, en las últimas semanas, fue para “1985”. Me arrancó una sonrisa. Misión cumplida para el filme.

En paralelo, al momento que escribo estas líneas (miércoles 19 de octubre), en la sala 3 de cines Molise, se preparan para proyectar una vez más el documental: A 40 del 82, Deconstruyendo Malvinas, la producción audiovisual de Sexto año Promoción 2022 del IPEM 294, que con dirección general de Alvaro Monge, propone una revisión de la guerra de Malvinas, a partir de testimonios de jesusmarienses que la vivieron y sufrieron.

Tremenda coincidencia: dos filmes, en simultáneo en cartelera, abordando temas centrales y dolorosos de nuestra historia, y con un público ávido por ver y saber de qué se trata.

Y en el medio, en tiempo de abrumadora oferta de plataformas de streaming a demanda y de variedad de propuestas audiovisuales, el cine renace, orgulloso, como aliado central de la emoción, del disfrute y también de la revisión histórica. En horabuena.

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Por último, y volviendo a Argentina 1985, quiero contar una pequeña anécdota que me tocó vivir hace unos cuantos años (10 o 15 por lo menos), aquí en Jesús María.

Era la previa de una Navidad. Me encontraba en un comercio del centro, de esos que abren ocasionalmente para fin de año, comprando pirotecnia. En la fila, delante de mí, abonaba sus compras un señor alto de pelo enrulado y barba prolija.

Cuando se da vuelta…. era Luis Moreno Ocampo. Sí, sí, el mismo. “No puede ser. Al tipo que con apenas 32 años metió preso a Videla me lo encuentro a la vuelta de mi casa, comprando cañitas voladoras para Navidad”, me decía a mí mismo.

Lo saludé con admiración mientras pensaba cómo hacer para que accediera a darme una nota para publicar en La Voz del Interior, donde yo trabajaba entonces como periodista.

Sorpresa enorme ante su “sí” fue inmediato y sin condicionantes. Debía ir a verlo en un chalet donde pasaba sus vacaciones en inmediaciones de la Estancia Jesuítica de Santa Catalina.

Para mi desazón, cuando fui, ya no estaba. Tuvo que volver de imprevisto a la Haya (Países Bajos), donde se desempeñaba nada menos que como fiscal de la Corte Penal Internacional, desde donde procesó, entre otros, al líder supremo de Libia Muamar Khadafi.

Dos décadas después de mi fallida entrevista, reaparece en Jesús María, pero esta vez desde la pantalla grande, personificado por el actor Peter Lanzani y haciendo lo que mejor hizo siempre: perseguir delincuentes y asesinos.

El cine va de la mano con la vida.

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